Insultos al público: una obra que se desprende del artificio teatral

 

Una crítica de Mauricio Arevalo.
Escritor, editor, co-fundador y director general de la revista Artificio www.revistaartificio.com.
Magíster en literatura y literato con opción en Estudios teatrales de la Universidad de los Andes.

Insultos al público, de Changua Teatro

"¿Por qué dejan las luces prendidas?", me pregunto, mientras inicia la función de Insultos al público, una obra original de Peter Handke montada por Changua Teatro bajo la dirección de AndresHíto Rodríguez. Intento que la luz no me moleste, que no me distraiga. Hago todo lo posible por no prestarle atención. "Me gustaría que apagaran las luces del público", me digo a mí mismo durante los primeros minutos. Me muevo incómodo en la silla y mi mente de crítico empieza a maquinar perversamente: que qué fastidioso, que así no se puede ver el espectáculo bien, que parece un ensayo que, en fin, si no estoy oculto en la penumbra que siempre protege a la audiencia, no estoy viendo teatro. 

Después de un rato, entiendo —o creo entender— qué es lo que está sucediendo: los actores (¿personajes? ¿conferencistas? ¿quejicas? ¿jugadores?) no van a representar una obra (al menos no como se entiende una 'obra' tradicionalmente), sino que empiezan a desnudar al teatro (sí, a dejarlo "en bola", vacío), a destruir todo tipo de artificio para quedar  vulnerables, "auténticos", "reales" frente a los verdaderos protagonistas de la obra: nosotros, el público, esos a quienes se han negado a volver a dejar en la oscuridad, esos a quienes se resisten a apagarles la luz, esos a quienes quieren exhibir en el spotlight.

La obra, que se presentó en el Teatro La Baranda, escenifica un juego pirandelliano, una tensión violenta aunque invisible: la relación entre el público y el objeto escénico, la lucha entre quien comúnmente observa y es observado. Insultos al público es una diatriba, una sacudida, a quienes usualmente somos agentes pasivos de la contemplación; es un grito lleno de rabia hacia aquellos que disfrutamos de un arte, aunque no seamos conscientes de dicho placer; es una transposición en la que el objeto estético somos nosotros, por lo que el actor nos puede mirar, criticar, juzgar. Es una obra en la que nosotros, como público, "no asistimos a un acontecimiento, sino que somos el acontecimiento". Esta teorización sobre el papel del público, esta 'desentronización' del observador, se hace evidente en la escena en la que ponen sobre los espaldares de unas sillas unos ojos de peluche que simulan distintos tipos de mirada. Este gesto hace que un objeto inerte (las sillas) se conviertan en un objeto vivo (el público que está sentado), y las diferentes clases de miradas invitan a que ese público se sienta vivo a través de lo que ve.

Aunque el montaje de Rodríguez se deshaga de su apariencia teatral,  Insultos al público no puede despojarse totalmente de su naturaleza artificial. La diatriba de los actores adquiere tonos de conferencia académica, de taller transformacional, de discurso político, de programa de concursos, de stand up comedy, de salmo cantado. Se aleja de la narrativa, porque no cuenta una historia, quizá para desprogramar al espectador (que se ha armado una expectativa al respecto), quizá porque no es necesaria para su objetivo artístico. 

De esta manera, con el público como protagonista, la pieza teatral se convierte en una especie de manifiesto donde se confiesan unas posturas estéticas y políticas (porque sí, la idea de un público inquieto, activo, despierto, 'consciente' es de carácter político) y se hacen algunas reflexiones que siempre está bien detenerse a preguntar: ¿qué es el teatro? ¿qué hace o para qué se hace? ¿qué son los actores? ¿no es el teatro un arte contradictorio al ser hecho por sujetos contradictorios? ¿somos, como espectadores, sujetos u objetos? ¿es el teatro objeto o sujeto? 

Las luces nunca se apagaron. El teatro se desnudó; sin artificios, se mostró tal cual es: ese espacio "virgen" que se violenta una y otra vez, de manera efímera, para volver a su estado inicial inmaculado en el que espera ser violentado otra vez. "Es interesante", pienso mientras salgo del teatro y recibo los aplausos de los que deberían ser aplaudidos, "mientras ellos se empelotaban, me empelotaron a mí también, como observador, como apasionado, como 'experto'".

Por eso, quizá, escribir esta crítica carece de sentido: todo lo que se podía decir quedó dicho en las tablas.

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